¿Cuántas veces hemos oído hablar de exitosas
carreras de negocios, muchas de las cuales son protagonizadas por personas de
origen humilde? Piedras que un carácter resuelto, aun sin
proponérselo, talla para sacar de ellas la misma forma de la virtud.
Manuel era de esa naturaleza. A sus 10 años era un
niño desobediente que rompía los pocos juguetes que tenía para ver como eran por
dentro. Su padre, hombre tranquilo y sensato donde los haya, a veces perdía los
nervios con él, pero esos episodios de ira paterna al chiquillo le parecían
poco menos que pintorescos. No obstante, Manuel era responsable cuando la
situación lo requería y su padre confiaba en él.
Cierto día, con motivo del mercado anual la
familia se desplazó del campo a la ciudad con el fin de vender un ternero y
algunos productos de la huerta. Aquel era un
evento de suma importancia para su economía ya que les había llevado ocho
largos meses de sacrificio criar un magnífico ejemplar, por el cual
esperaban pingües beneficios.
Al llegar al mercado se distribuyeron el trabajo,
montando así la madre su puesto de huevos y verduras en la zona habilitada al
efecto, y el padre instalando a su ternero a la sombra de un robusto castaño.
Manuel iba de uno a otro, ya para buscar agua ya como mensajero...
A la mujer le iba bien, vendía con facilidad y
a buen precio pero el futuro de la familia dependía de la venta del ternero, por
el cual pedían catorce mil pesetas. Veían a sus vecinos cerrar sus tratos pero
en cuanto hablaban de dinero con alguno de los
compradores, aquellos daban la vuelta y no querían saber nada ni de
cuidados veterinarios, ni de alimentación, ni de cualquier otra cosa que no
fueran las dos mil pesetas de diferencia que había entre el ternero de Manuel y
los demás, porque la mayoría se estaban vendiendo a doce mil.
Así pasó la mañana y a última hora cansado y
derrotado, su padre le dijo a Manuel que se quedara cuidando al ternero mientras
su madre acababa de recoger el puesto y él negociaba el transporte del animal de
vuelta a casa. Insistió en que si alguien se mostraba interesado en comprarlo
dijera que no estaba en venta. Al fin se marchó y dejó a Manuel cavilando sobre
la gran misión que le acababa de encomendar. Más que abrumado, estaba
desconcertado. No entendía por qué su padre, que obviamente quería vender el
ternero, le había dicho que dijera lo contrario a cualquier interesado. Se dijo
que probablemente su padre no confiaba en que él pudiese hacer la gestión. Así
que tomó una decisión. Si alguien preguntaba por el ternero, él no
mentiría porque si aquel no aceptaba el precio, no se comprometía en
modo alguno, y si aquel estaba dispuesto a pagarlo, su padre estaría tan
contento que lo más probable es que le diese una buena comisión.
La ocasión no se hizo esperar y pronto llegó
un tipo trajeado al que Manuel tomó inmediatamente por un ministro. Cuando
Éste le preguntó por el animal, un hombre de diez años le respondió con
orgullo que costaba dieciséis mil pesetas. El ministro asintió y comenzó a
hacerle preguntas a cerca de la vida del ternero mientras lo
examinaba. Manuel contestó a todo porque él había sido parte activa de aquel
proceso y sabía de lo que hablaba. El hombre, satisfecho, puso sobre la mano del
niño, papel sobre papel, dieciséis billetes de mil lo que a él le
pareció una fortuna. Luego desató al ternero y se lo llevó.
Manuel se sentó al pie del tronco del castaño para
esperar a sus padres embriagado por aquella dulce dosis de suficiencia. Su
primer impulso había sido correr a buscarlos pero enseguida desechó la
idea porque había demasiada gente y no sabía si su madre habría recogido ya el
puesto. Estaba durmiendo cuando escuchó sobresaltado el grito de su
padre:
- ¡Manuel!
- Se levantó de un salto.
- ¿Dónde está el ternero?
- Es que vino un señor... - comenzó a decir todavía aturdido.
- ¡Te engañaron! ¿Yo qué te dije? - y las últimas palabras quedaron eclipsadas por una sonora bofetada.
Manuel lloraba, su padre gritaba y la madre los
miraba preocupada. Al rato, el niño, tuvo un momento de lucidez y deslizó
la mano dentro del bolsillo del pantalón. Cogió el dinero y se lo tendió a su
padre en un gesto que bien podría ser la imagen de la humildad. Hubo una tregua
y el mundo pareció detenerse para la familia mientras el padre contaba los
billetes:
- ¡Dieciséis mil! - dijo y después de dárselos a su esposa abrazó al pequeño como nunca lo había hecho.
Ya en casa, aquel mal padre por un día, en un acto
de redención, puso en la mano de su hijo un hermoso billete de veinte duros. En
ese momento, Manuel supo que en el futuro el dinero estaría tan ligado a él como
la herramienta al artesano.














Pobre Manuel!!!, estas historia "de ...
Pobre Manuel!!!, estas historias "de las de antes" siempre me inspiran cierta tristeza, aunque al final la cosa salió redonda.
Muy buena Intrahistoria!.